» Habéis sido mimados y consentidos: ninguno de vosotros es alguien especial
“Vuestro planeta no es el centro del sistema solar, vuestro sistema solar no es el centro de la galaxia y vuestra galaxia no es el centro del universo”. En estos términos se expresaba la pasada semana el profesor de literatura inglesa David McCullough Jr., en el discurso dirigido a los graduados de la Wellesley High School de Massachusetts. “Al contrario de lo que vuestros trofeos de fútbol y vuestro brillante certificado de notas sugieren, a pesar de lo que os diga la loca tía Sylvia, no importa cuántas veces vuestra mamá haya aparecido para salvaros, no tenéis nada de especial”.
Aunque recibido entre risas y aplausos, el discurso tocó muchos puntos sensibles de su público, formado por padres, alumnos y profesores, por mucho que sea habitual en las intervenciones de este tipo intentar relativizar el egocentrismo de los alumnos. El problema se encontraba no tanto en el fondo como en la forma, excesivamente dura. “A lo largo y ancho del país no menos de tres millones de licenciados se están graduando en este preciso momento en más de 37.000 colegios. Eso implica que hay 37.000 estudiantes que han sacado las mejores notas de su promoción, 92.000 coristas contraltos, 340.000 deportistas fantoches y 2.185.967 pares de botas de invierno”, proseguía McCullough.
Muchos han interpretado la intervención del hijo del ganador del Premio Pulitzer y autor de The Johnstown Flood (Simon & Schuster), Truman (S&S) oUn camino entre dos mares: la creación del Canal de Panamá (Espasa-Calpe) como una llamada de atención a la generación del Milenio, sobreprotegida por sus padres y que aún no ha tomado contacto con el mundo real. “Habéis sido consentidos, mimados, adorados, protegidos y embalados en plástico de burbujas”, recordaba el profesor a su audiencia, en un mensaje que señalaba a sus progenitores como los auténticos causantes de la situación.
"La vida plena, distinta, la que merece la pena ser vivida, es un logro, no algo que caerá del cielo porque sois buenas personas o mamá lo encargó a su proveedor. Os daréis cuenta de que los Padres Fundadores sufrieron para garantizar vuestro inalienable derecho a la vida, la libertad, la persecución de la felicidad –qué verbo tan activo, “perseguir”–, algo que deja, quiero pensar, poco tiempo para vaguear viendo loros en monopatín en YouTube”, continuaba el escritor.
McCullough sugería con sorna que sus antiguos alumnos tienen una percepción desmedida de su lugar en el mundo, amplificada por las redes sociales y la inmediatez de la red. “Miles de personas suspiran a cada tweetvuestro”, señalaba antes de recordar cuál debería ser su motivación. “Subid a una montaña no para plantar vuestra bandera, sino para superar el reto, respirar hondo y disfrutar la vista. Hacedlo no para que el mundo os vea, sino para ver el mundo. Id a París para ver París, pero no para tacharlo de la lista y congratularos de lo viajados que sois”. McCullough concluía recordando que debían “ejercitar el libre albedrío y el pensamiento creativo e independiente, no sólo por las satisfacciones que te traerán, sino por el bien que harás al resto de 6,8 billones de habitantes del mundo, y los que vendrán después. Ser desinteresado es lo mejor que puedes hacer por ti mismo”.
Más allá de lo permisible
La polémica que la intervención de McCullough ha provocado le ha llevado a tener que matizar sus palabras en CBS News. “Mi intención fue hacer una exageración divertida para captar su atención, con el objetivo de que me hiciesen caso hasta el final, que es donde quería llegar”, aclaró a la cadena de televisión. La moraleja final de la intervención de McCullough era, precisamente, que no debían sentirse más especiales que nadie porque “todas las personas lo son. Las grandes alegrías de la vida llegan al reconocer que uno no es especial”.
El discurso del profesor se encuentra en una línea semejante al que el autor de Moneyball,Michael Lewis, realizó la pasada semana en la Universidad de Princeton. En él ponía de manifiesto el papel que la suerte juega en las carreras exitosas, frente a la concepción habitual de que todo triunfo está determinado únicamente por la voluntad del que lo logra. “Debéis ser conscientes del carácter arbitrario de vuestra situación”, recordaba el escritor. “Formáis el grupo de los afortunados. Tenéis suerte de tener los padres que tenéis, de haber nacido en este de país, de estar en un lugar como Princeton donde podéis conocer a otra gente afortunada y por ello poder ser aún más afortunados”, señalaba el escritor en su intervención frente a algunas de las familias más adineradas del país.
Una costumbre americana
Gran parte de los discursos de graduación estadounidenses parecen compartir ese matiz de realismo que busca recordar a los jóvenes su situación privilegiada, aunque el grado de mordacidad varíe. En ese sentido es célebre el realizado por el fallecido escritor David Foster Wallace en Kenyon College el año 2005, especialmente polémico por el agridulce retrato que ofrecía de las perspectivas de futuro de los estudiantes. En el mismo incluso se atrevía a sugerir que había valorado la posibilidad del suicidio, uno de los grandes temas tabú y que finalmente llevaría a cabo tres años más tarde.
“Hay muchos aspectos de la vida americana de los que apenas se habla en este tipo de discursos”, recordaba Foster Wallace. “Vuestros padres y los más mayores los conocerán bien. Se trata del aburrimiento, la rutina y las pequeñas frustraciones cotidianas”. Y concluía, al igual que McCullough, recordando la importancia de la solidaridad con el entorno como la auténtica forma de ser felices: “Lo importante de la felicidad es lo que atañe a la atención, la conciencia, la disciplina y el esfuerzo, ser capaces de preocuparse por los demás y de sacrificarse por ellos, una y otra vez, en miles de pequeños detalles del día a día. Esa es la auténtica libertad”, concluía el novelista fallecido en 2008.
También el hirsuto J.D. Salinger envió una nota semejante a los estudiantes de Andover cuando un alumno le pidió un pequeño texto para el anuario. El escritor de Nueva York envió lo siguiente: “Cuando cojáis el tren a Nueva York en Navidad, atravesad los vagones hasta que veáis a un niño diminuto luchando por alzar su maleta en el portaequipajes. Se sentará solo. Parece estar constipado y su nariz estará moqueando. Ese es el que debería escribir a vuestros graduados. Preguntadle a él”. Una declaración de principios muy propia del autor de El guardián entre el centeno (Alianza Editorial) de cuya mente surgió el antihéroe Holden Caulfield, quizá la antítesis perfecta de los recién graduados de Wellesley y Stanford.